Y el mundo se paró…y nos dimos cuenta que quizás no éramos tan felices como pensábamos, que el relato que nos habíamos contado a nosotros mismos, quizás había perdido el sentido en nuestra búsqueda de la felicidad.
Y el mundo se paró…y quizás aprendimos que estamos solos desde que nacemos hasta que morimos, que el único que puede hacernos felices, somos nosotros mismos. Por fin entendimos que con tiempo libre y en un espacio reducido, por muchas personas que tengamos a nuestro alrededor o sin ellas, siempre estaremos y hemos estado solos, desde que nacimos, encerrados en nuestros pensamientos, creando nuestros propio ego basado en heridas de niñez.
Y el mundo se paró…la economía y el capitalismo como hasta ahora lo habíamos entendido se tambaleó, cual castillo de naipes llamado “deuda infinita». Observamos que ser Unión Europea no significaba ser cooperación, ni empatía, ni altruismo.
Y el mundo se paró…las personas nos sorprendimos, nos sentimos, nos asustamos, nos ayudamos, nos entristecimos, lloramos juntos y quizás nos dimos cuenta que nuestra vidas eran un escaparate sin tienda y que todos somos uno detrás de la máscara.
Y el mundo se paró…las empresas entendieron que ahora y siempre las personas eran su capital más importante y sus beneficios su esclavitud de vida.
Y el mundo se paró y colocó la prioridades en el orden natural de la vida.
Y el mundo se paró y entendimos que el dinero no da la felicidad, aunque sí la tranquilidad.
Y el mundo se paró y la vida volvió a brotar, la naturaleza resurgió y el humano entendió que sin vida él no puede vivir.
Y el mundo se paró y nosotros nos paramos.




